Los sueños traen consigo momentos de total claridad. Mundos que disfrutan de una realidad pura, vidas y relaciones perfectas. Atarse a algo tan simple como una suave mano y dejarse llevar a través de una carretera infinita que esconde en su fondo un paisaje sin igual.
El tiempo parece no tener cabida y la lógica empieza a desaparecer detrás de nuestros más ocultos deseos, deseos que nos dejan satisfechos, y más que satisfechos, felices.
La fuerza de que todo puede cambiar en tan solo un segundo, es algo que se asemeja cada vez más al típico cliché norteamericano, pero sabemos disfrutar de eso, es un salvavidas en un mar desierto.
Obviamente como todo en cualquier mundo, existe un final, una última página que es escrita con tintes que siempre permanecerán.
El nuevo salto al mundo de la real mierda se produce en el momento menos indicado.
Con el tiempo aprendemos a cargar con eso, y sabemos que lo único más claro que la muerte es que no lograremos jamás vivir de los sueños. Pero nos excita saber que al caer la noche volveremos al mundo que es totalmente nuestro.
Cada vez que despierto dentro de mis cuatro paredes, sé que es el inicio de la extensa pesadilla, tendré que ser fuerte, tendré que resistir, hasta que me entregue a tus brazos cuando vuelva a dormir…
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